Los Assassini by Thomas Gifford

Los Assassini by Thomas Gifford

Author:Thomas Gifford
Language: es
Format: mobi, epub
Published: 2009-03-22T23:00:00+00:00


El Vicario recibió sepultura en un cementerio pequeño y antiguo, situado en un barrio gris de la ciudad, no lejos de un cruce ferroviario. El ataúd era muy sencillo, el cura no parecía muy interesado, y lo bajaron con una fría despedida. La tumba estaba oscura y llena de barro, el sendero de grava encharcado y de color marrón, y la hierba tan corta que adquiría el color de la grava. El duelo lo formábamos seis personas y nadie lloró ni se estrujó las manos por la pena. Había una doble hilera de cipreses delimitando el sendero que llevaba a su tumba, la exagerada simetría típica de París. Así fue como el Vicario hizo mutis y eso corroboró la idea generalizada de que lo que importan son los vivos, no los muertos.

Al salir del cementerio, Clive Paternóster encendió un Gauloise y metió las manos hasta el fondo de los bolsillos de su gabardina negra. Llevaba los hombros encorvados y daba la sensación de que la nariz tiraba de él, como un hombre que trasladara por toda la ciudad un cacahuete gigante sobre la nariz. La lluvia le chorreaba por el ala del sombrero.

—Robbie y yo compartimos piso durante estos últimos cinco o seis años. La gente nos llamaba la extraña pareja, ¿sabe? Pero nos entendíamos bien. Dos viejos camaradas hasta el final. Le mentí antes. Yo ya estoy a punto de cumplir los setenta. Dos viejos compañeros que recordaban cómo era ser joven, llenos de cicatrices. Resulta difícil creer que se ha ido. Entre los dos habíamos cubierto nuestra ración de guerras, asesinatos, escándalos, elecciones. Me quedé cojo de esta pierna gracias a un tirador mongol durante el fracaso de Corea. —Pronunció la palabra «fracaso» con marcado acento francés—. Pero puede decirse que lo que nos unió fue la Iglesia. Ésta se convirtió en nuestra obsesión. Un mecanismo interesante, la Iglesia. Sin duda un refugio perfecto para los granujas.

—Cuénteme cómo murió. Todo lo que sepa.

Me miró con curiosidad y luego, casi imperceptiblemente, se encogió de hombros. Era incapaz de resistirse a una buena historia.

—Alguien lo atracó, a unos cinco minutos de casa. Lo encontré en el descansillo, frente a nuestra puerta. Estaba tendido boca abajo, con una de sus horribles chaquetas chillonas. Toda a cuadros, ya sabe. Estaba caído, con la cara apoyada contra las barras del pasamanos. Ya se lo puede imaginar. Nada más abrir la puerta de abajo, oí aquel extraño sonido, como de un reloj con su monótono toe, toe. Un ruido que nunca había oído antes. Me quedé quieto en el oscuro hueco de la escalera y entonces sentí un olor que sí había percibido con anterioridad. En Argelia, en una celda donde torturaban a los compañeros. Algo muy habitual durante el fracaso —de nuevo aquella palabra— argelino. Olía a sangre. Avancé un paso y algo cayó en mi sombrero. Toe, toe, toe. Al sentirlo, me quité el sombrero y descubrí que estaba pegajoso. Entonces un goterón cayó sobre mi cabeza. Sangre, por supuesto. Sangre que caía del descansillo.



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